Jácome: capturador de memorias

ivette celi piedra

El laboratorio del Archivo Histórico ha sido ocupado por miles de negativos fotográficos que fueron limpiados, seleccionados y numerados antes de su ingreso a la reserva. Rostros infantiles, otros de familias y una innumerable variedad de imágenes de estudiantes que posan detrás de un lente, han sido inmortalizados en el archivo, a partir de esta innumerable cantidad de tomas se podría reconstruir la historia de varias ciudades y ver cómo han ido cambiando los paradigmas y las formas de ver, la imagen constituye en un disparador de emociones y un proveedor de informaciones no solamente para el que las conserva sino también para aquel que las contempla. Mientras se limpiaban los negativos del polvo y la humedad, se iban descubriendo tal y como en una expedición arqueológica: tocados, peinados, rostros, cuerpos, uniformes o corbatas, que detallan épocas, escenarios y grupos sociales, su registro constituye una especie de huella de su existencia y a la vez de sus modas, hábitos, costumbres y tradiciones (Salazar:2010, Poole:2002).

La importancia de lo que se lee por sobre lo que se observa, ha experimentado una transformación desde que la imagen fotográfica representa un ejercicio de reconocimiento de distintas realidades y otra forma de ver el mundo. Tanto texto como imagen fabrican un diálogo cercano, especialmente cuando a partir de la imagen intentamos expresar distintas formas de conocimiento. Es por ello que la significación que la fotografía provee, está también relacionada a una memoria que se conserva intacta desde el sentido que provee la imagen capturada –el individuo o grupo al momento de ser fotografiado- hasta la intención que determinó en el soporte, el ojo del fotógrafo. El operador, es decir, el fotógrafo es aquel que crea una realidad representada, a partir de cómo entiende su propio arte y de sus concepciones, mismas  que van de la mano con un tiempo histórico determinado y con una intencionalidad específica sobre el que mostrar y para qué.

Víctor Jácome, tiene su estudio fotográfico a escasos metros del Teatro Sucre, es un estudio pequeño con algunos vestigios de lo que habría sido su antiguo estudio más al norte de la Capital. Al ingresar en ese espacio, se pueden ver una variedad de equipos fotográficos que hablan de la extensa carrera fotográfica que Jácome tiene a sus espaldas, pero especialmente se puede observar en cada elemento, el amor y dedicación que Jácome entrega todavía al oficio de la fotografía y es que a sus 80 décadas aún sigue tomando fotografías.

Si uno le pregunta cómo se inició en la fotografía dirá inmediatamente que aprendió siendo ayudante en uno de los estudios más importantes de Quito y que poco a poco se fue independizando, luego de que aprendiera y dominara la técnica. Un tema recurrente dentro de su conversación es “la luz” pues para él la intencionalidad que el fotógrafo impone en su imagen, tiene que ver con su uso, dominio y posibilidades.  Como afirmaría Papillón en 1880, “la más bella aplicación que se hace de los conocimientos de la acción química del rayo del sol, es ciertamente la fotografía”, la luz en los inicios de la actividad fotográfica sería esencial para lograr manipular un escenario y otorgar un espíritu específico a la imagen y por qué no, trasladar al espectador a dos atmósferas simultáneas: la interioridad de la percepción que el fotógrafo tiene de la realidad y la exterioridad de lo que en ella se representa. Lo que llama la atención en un evento, la alegría de un desfile en un día de sol, la reunión de los amigos a la penumbra de un pasillo o lo maravilloso y lo cotidiano de la ciudad en una tarde de lluvia. La vestimenta, la arquitectura, las diferencias sociales, los oficios y hasta la gastronomía, fueron de las tomas preferidas por los primeros fotógrafos,  partir de ellas se pueden cómo percibían sus realidades y cómo se prestaban a mostrarlas.

A través de Jácome están se puede ver la evolución de la fotografía y la historia de la fotografía urbana sobretodo de la ciudad de Quito, fue ésta ciudad y  su movimiento lo que marcaría su vida, no en vano dentro de su colección se puede observar a Julio Jaramillo cantando en el escenario de Radio Tarqui, retratos de varia gente notable de la ciudad (políticos, intelectuales, deportistas) y hasta las fotografías de algunos clubes nocturnos que ofrecían diversos entretenimientos a públicos selectos, sus bailarinas serían varias veces capturadas bajo su lente, así como varias fotografías eróticas.

Con el archivo de Jácome es fácil maravillarse con escenas noticiosas e integrarse como protagonista en la imagen, asumir el rol del oficio y entusiasmarse con la suerte de haber estado allí, en el instante preciso de capturar el momento. Pensar en Jácome es pensar en la ciudad, en cómo abrazó la modernidad, en los cambios que ha sufrido y en cómo adoptó distintas formas de pensar, viéndose y entendiéndose de diversas formas cada vez, como afirma José Antonio Navarrete: “en tanto dispositivo de almacenamiento de las placas fotográficas donde quedaron registrados los miembros de una colectividad en un tiempo histórico determinado de la vida ecuatoriana.  Un archivo devenido, en consecuencia, en sitio de preservación de una zona de la memoria nacional”  (Navarrete,21:2003).  A partir de las imágenes de Jácome se ha visto que la colectividad recrea sucesos, rememora historias ya arma su propia visión de lo que algún día fue Quito, su ojo, ha sido a lo largo de los años, informante, protagonista, pero sobretodo testigo fiel de la vertiginosa construcción de la identidad y la memoria  ecuatoriana.

Pero esto no solo sucede con aquellos que hemos tenido el privilegio de ver sus fotografías, la memoria de Víctor, es incólume y está intacta, tanto que,  puede detallar el preciso instante de cada una de sus imágenes, recuerda el espacio, el clima y hasta la anécdota que acompaña la toma. Un sin fin de historias cotidianas que rebasan el marco fotográfico pues solo hace falta mostrar una toma para que se de rienda suelta a su contexto, la imagen cobra vida, se extiende y se hace narración visual en torno a un pasado.

Es que el enorme abanico de usos que estas imágenes pueden proporcionar tiene que ver con el ejercicio del recuerdo, pero sobretodo con la reflexión a partir de las mismas: “El análisis crítico de esta información es importante tanto para el estudio en el país de la historia de la vida cotidiana como de las mentalidades o de las representaciones sociales de las ideas” (Navarrete,17:2003). Recuperar una historia, analizar procesos económicos, políticos, demográficos, históricos, estudiar las prácticas urbanas, las relaciones sociales, establecer hitos de cambio o simplemente, a partir de lo que se observa, recordar a un amigo, un amor, un viaje o una práctica cotidiana

Víctor en este sentido no simplemente debe ser visto como un buen fotógrafo, es también un proveedor de miradas  furtivas, analíticas  y críticas de su  entorno. En sus fotografías pueden observarse conflictos, relacionados por ejemplo a la diferencia de clase, desigualdades sociales que logran denotar y hasta denunciar contrastes simbólicos y jerarquías  a partir de  la vestimenta, el calzado, la moda, pero sobretodo la pose o expresión corporal de los individuos fotografiados[1].  Las obras de Jácome, pueden servir como testigos del pasado gracias a su permanente coqueteo con la ciudad que se volvió su musa y su escenario. Pero además con el retrato de estudio  que le permitió jugar con las miradas, las sonrisas y la perfección del rostro humano. Los archivos de un fotógrafo en particular resultan interesantes porque no solamente pueden ofrecernos enfoques específicos de lo que al fotógrafo le llama la atención, sino también de la sociedad en la que habita.  Dar un vistazo al archivo de Jácome es repasar momentos históricos y realidades ocultas que, para muchos, serán historias aún inéditas de la ciudad.

Los archivos fotográficos no deben ser vistos someramente como pruebas fehacientes de los acontecimientos del pasado, sino más bien como forjaduras de innumerables cuestionamientos acerca de lo que en realidad dice la toma, en donde el discurso del fotógrafo es vital para su interpretación, por ello, la importancia del archivo, pues a la imagen se suma la experiencia del recuerdo. Muchas veces pensamos que los archivos están únicamente limitados a la investigación, al estudio de las sociedades y a las complejidades académicas, pero no se había propuesto analizar la función del archivo para la reactivación de la memoria colectiva desde aspectos tan sencillos como misma cotidianidad. Las imágenes fotográficas, los archivos audiovisuales, los documentos escritos, en muchos casos están ligados al diario vivir de un pueblo, cuyo registro nos provee herramientas para transmitir contenidos y experiencias. Justamente esta motivación nos lleva a trabajar en repensar el archivo desde sus múltiples posibilidades.

Museos y fondos editoriales, a su vez, se nutren del archivo para lograr exposiciones o para llenar los estantes de las bibliotecas, es en estos lugares donde se generan agendas compartidas, procesos intercalados y dinámicas intergeneracionales de diálogo entre los que acuden. Su importancia recae en la construcción de conciencias críticas y reflexivas acerca del pasado y su revalorización y apropiación por parte de la ciudadanía representa en la actualidad el verdadero cambio cultural. Por ello, la iniciativa de la ciudadanía por valorar el archivo como un verdadero legado de nuestra memoria y por tanto entregarlo para que el Estado lo custodie y le otorgue la importancia patrimonial que merece, a través de la gestión y circulación de fondos y colecciones para goce y disfrute de todas y todos.


[1] Ésta última constituye un elemento de connotación en el que se pone de manifiesto el orden social de la época y los valores culturales de la misma y como los individuos, tanto el fotógrafo como los fotografiados, asimilan las mencionadas políticas (Navarrete:2003, Salazar:2010).

*Artículo escrito para la Revista del Consejo Nacional de Cultura, Quito, 2013.

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